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Mal día

Esta semana no es buena. Esta semana no resulta un estímulo suficiente porque haya ensayo. Esta semana, las obligaciones me impiden asistir aunque lo intentaré por más que el tiempo apremie.

Quedamos a mitad de semana y el trabajo me hace alejarme de asistir, pero todavía no lo descarto; todavía mantengo la paupérrima esperanza de que cambien las tornas y me vea ese día con mis compañeros de fatigas (y compañeros-fatiga, léase entre líneas también), intentando que el ensayo lleve su curso, que las mejoras se sigan viendo y que el trabajo diario empiece a dar ese fruto que germina en pleno invierno y que cada vez es más perenne tanto en sueños como en la vida misma: El debut del grupo, pisando unas tablas que seguro chirriarán a nuestros pies, en un minúsculo escenario que, a ciencia cierta, habrá que improvisar para la ocasión pero que para nosotros pasará desapercibido debido a que no habrá otra sensación distinta a la euforia y el miedo por enseñar ese fruto; por enseñar ese carnaval que hemos construido.

Eso me embriaga y me agobia a la vez; me aturde, me preocupa y me encoleriza ya que como he apuntado, se antoja complicado que pueda asistir y no quiero perderme el sabor de ninguno de los momentos que estamos viviendo.

Por más que lo intento, no hay manera, no veo la fórmula para que suceda; no asistiré. Más me frustra saber que mis oídos no se llenarán con las notas de la presentación que han anunciado en el grupo del chat, la cual se expondrá al inicio de la sesión.

Si pudiera escaparme unos instantes, escasos tres minutos para escucharla pero…, no es posible, no hay manera humana.

Quedan cinco minutos para empezar a ensayar y sigo, por primera vez, en mi casa, con mis obligaciones que tampoco estoy haciendo como debiera porque no tengo la cabeza donde debe estar; o más bien es el cuerpo que no está donde debería.

Un minuto y el ansia se apodera de mí, miro el reloj cada segundo pero ya tengo asumido que no iré que tendré que aguantarme con escucharla en cuanto la cuelguen, de leer a mis compañeros cómo suena y cómo llega; de ser el último en saborear, porque así será, cada acorde, nota, tono, ritmo y giro musical de esos tres minutos tan esperados.

Todo el año esperando a tener la primera reunión y llegó, luego esperando las novedades y una a una fueron llegando y seguirán con el popurrí; y para lo que creo que es el sello de la comparsa, he de faltar por imposición casi celestial.

Nunca tan pendiente del móvil…,¡Miento! El día de la primera llamada, más en esta ocasión se mezcla ese sentimiento incontrolado de ansiedad con el de rabia por no estar al lado de mis compañeros, codo con codo, mirando cómo se canta ese sello inconfundible, esa carta (nunca mejor dicho) de presentación.

Media hora pasa del inicio. No hay mensaje que valga, ni un triste “bien”. Nada. ¿Qué ha pasado, no ha gustado? Puestos a pensar prefiero lucubrar, con egoísmo, que no se ha presentado, que el músico no ha podido o vete a saber que mil cosas más para que el día no haya empezado con ese anhelo compartido por todos.

Una hora y nada. Dos y nada. Última media hora y sin noticias. Me extraña que nadie haya dicho lo más mínimo, ¿se lo estarán guardando los muy…?

Termina el ensayo y llega el primer mensaje a la ventana de conversación. Nunca un sonido de un segundo hizo que me levantara tan rápido, dejara todo y me tirara por el móvil cual depredador sobre su presa.

¿Un emoticono?, ¿eso es lo que tienen que decir? Están escribiendo pero no terminan. ¡Por dios, que terminen ya de decir lo que sea!

Ahora sí, dicho queda y puedo respirar. No ha habido “puesta de largo”. No hay novedades. Por alguna extraña razón, aquello que deseaba no me hace lo feliz que debería pero tampoco me entristece, por lo que me veo sin sentimiento definido, embobado, mirando la pantalla ya apagada del teléfono y sin saber qué hacer o decir.

Instantes después caigo en el siguiente ensayo, en el que estaré sí o sí, quiera el dios que hoy me ha privado de ir o el que me ha “bendecido” con la imposibilidad de que mis compañeros escuchen la presentación.

Sea el mismo o no, el siguiente estaré y me da que en ese sí habrá novedades.

Respiro, me recuesto de nuevo, miro a mi alrededor y veo que estoy solo. No sé en qué momento ha pasado, pero así me encuentro en el salón de mi casa, con la televisión apagada, las bombillas ya frías y el silencio sentado a mi vera.

Termina el día como empezó, con la incertidumbre de no saber cómo suceden las cosas, pero con la certeza de saber que suceden.

Mañana será otro día…otro día menos para el siguiente ensayo.

reloj

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