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La tensa espera

La espera se hace muy larga, insoportable. Esa tensión controlada por ver cuándo es el primer ensayo, cuándo, de las gargantas, va a empezar a brotar ese pasodoble que todavía recordamos, pero más su sensación que su desarrollo y música.

Días tras día, mirando el grupo de chat para encontrar esa citación en la que ahora era una cochera menos polvorienta. No sé lo que pasaba pero ya no la recordaba así, simplemente la recordaba alargada, llena de chismes y blanca, pero unida a los momentos vividos hace…¿una semana?, ¿un mes?, no sé qué tiempo hace, diría que una eternidad o demasiado, eso depende del momento de paciencia en el que me encuentre, pero sí lo que allí aconteció.

Día tras día la sensación de lejanía aumentaba, el desconcierto por no saber si al final no pasaría aquello o si simplemente fue un espejismo consciente u onírico que mi conciencia creó.

Tanto esperar pero al fin sucedió:

– El viernes nos vemos.

– Se acabó el desasosiego, empezamos definitivamente a caminar ese mismo viernes a las ocho y media de la noche. El trabajo de algunos mandaba.

Ya estaba aquí. Ya es viernes, ya quedan horas para entrar al local de ensayo, saludar a los compañeros y ponernos manos a la obra.

¡Qué nervios! Nunca había vivido aquello: la formación en círculo con el director de afinación en el centro, mirándonos a las caras que eran, en sí, un poema; nunca lo entendí…, hasta ese momento; ahora tenía sentido.

Preparados…, listos,… Y a cantar. Un cosquilleo recorrió cada centímetro de nuestra piel cuando sonó el primer acorde y la primera garganta. Se empezó por aquel repertorio del año pasado, por entonar pasodobles de diferentes chirigotas y comparsas, por hacer la presentación de “Caleta” (nos atrevimos con ella; que no sea por falta de valor). Una vez las voces calientes, el “jefe” empezó a repartir la letra del pasodoble nuevo, de nuestro pasodoble.

Un vistazo rápido y se nos hizo presente una letra que parecía llamarnos, así que sin pararnos mucho, escuchamos cómo iba la primera estrofa.

Ahí empezaron ciertos recelos. Todo no iba a ser bueno.

Ahí empezamos a ver que costaría esta “empresa”, aun con toda la ilusión que nos embargaba.

La sensación de estar ensayando, la sensación de tener entre manos una pequeña pieza inédita y que vas a ser tú el que la cante junto con tus compañeros, es algo que hay que vivir; es  diferente, es simplemente único. Todos con sus papeles, cabeza gacha, ojos como platos escuchando las guitarras e intentando asimilar aquellas, cientos de correcciones que nos daban para que sonara tal como el músico quería.

 No sé si por el momento, el pasodoble, la motivación o lo que fuese, pero al retumbar las campanas de la iglesia a través del silencio, avisando de la media noche, el pasodoble se conocía y estaba metido; faltaban detalles y flecos pero pudimos con él (nada más lejos de la realidad tal como nos dimos cuenta en días posteriores).

Sonrisas al final, mal trago pasado, dolor de garganta, vino de Chiclana y guitarras silenciadas. Esa fue la despedida hasta el siguiente ensayo.

Este es el carnaval que nos faltaba por vivir.

Si ese veneno del que tanto hablan, esas envidias por premios, recelos al compañero…, por ahora, no ha aparecido y es verdad que está, que tarde, que para disfrutar del carnaval y conocerlo como es, me vale con lo que estoy viviendo.

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