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El grano de arena

Aquel primer año hizo posible que en éste, seamos un grupo con instrumentación al completo, con gente que algo sabe de esto (por lo menos un mínimo) pero con aquella ilusión loca que empezó en los nudillos de un viejo que moldeaba la vasta madera, de una barra común, en una peña cualquiera.

Allá por el mes de junio teníamos un músico con el que se contactó para que nos ayudara en la parte musical, en construir la original “obra” (permítanme llamarla obra aunque sólo sea un grano de alguna de las poco conocidas) que ya rondaba la cabeza del precursor de todo esto. Había nociones de tipo, de la escenificación, de todo lo que envolvía al personaje que se estaba gestando. Uno de esos tipos carnavaleros que se acercaban a la realidad de nuestro mundo, pero que posiblemente la gente identificara como suyo. ¡Eso sí!, el presupuesto lo marcó definitivamente.  Coste cero, o próximo a él. Esa era la consigna para montar lo que fuere, y así se ha intentado.

Tipo en mano, músico trabajando y la gente ilusionada. Era un buen comienzo para echar a andar la primera agrupación de carnaval de nuestra localidad… en estos tiempos. Responsabilidad máxima porque va a quedar en el recuerdo, para lo bueno y para lo malo, pero ni que decir tiene que lo malo siempre se recuerda con más ahínco que lo menos malo. Lo bueno se olvida casi de inmediato.

 Nosotros mismos nos contagiábamos de esa naturaleza salvaje que tiene el ser humano; de esa ansiedad por sacar lo máximo para que la gente disfrutara con aquello que llevábamos.

Llegó el primer día del nuevo proyecto. Corría finales de junio cuando el músico presentó su primer grano de arena; cuando todos nos juntamos en una reunión para presentar el tipo y de segundas, el pasodoble. Nos lo jugábamos a una carta o, mejor dicho, a un pasodoble.

El “jefe”, puso su proyector encarado hacia un testero blanco inmaculado, encendió el maldito cacharro que nos separaba del tipo y disipó las dudas de los componentes allí presentes: “¿de qué vamos a ir?”… Esas y mil preguntas más, embargaba a todos, hasta a los que ya conocíamos el tipo pero que el mismo nervio se encargó de que no nos relajáramos en demasía.

Primeras caras, sonrisas, charlas jocosas y asertivas daban el visto bueno  al proyecto. El tipo había gustado por su coste en primer lugar (no vamos a enmascarar este hecho; tan lejos y con tan poca financiación, éste es el aspecto casi primordial del tipo), y después  por lo que representa y la comodidad para llevarlo.

Ahora la segunda joya del día, el pasodoble. Primeros acordes, los componentes sin perder de vista la guitarra que empezaba a cantar mientras los dedos del guitarrista iban haciendo sonar cada cuerda a un compás concreto, desconocido hasta entonces. La voz empezó a sonar y los primeros compases se disipaban.
Los futuros intérpretes no perdían detalle alguno, ni se oteaban entre ellos, sólo se mantenían de pie, mirando a los dos cantantes cómo iban desgranando cada segundo del nuevo pasodoble.
A la mitad, la guitarra se hace sorda, la gente empieza a sonreír, cambian su postura que hasta ahora permanecía impávida, y se acomodan en otra más relajada; parece que el nervio se empieza a disipar, que empiezan a vislumbrar un camino en todo esto.

Últimos acordes, dos voces que suben, parada y final del pasodoble.

Se hace un silencio de menos de un segundo. Lo siguiente, no son más que miradas furtivas, felicidad sincera y un aplauso unánime así como felicitaciones a los encargados de aquella, ahora sí, obra que representará la espina sobre la que se va a construir todo el proyecto.

Ya no hay excusas para no seguir adelante, ya no tenemos por qué temer. Empieza aquí nuestro nuevo carnaval aunque sea en tierras aún no conquistadas por él (que ya nos resulta raro que eso pase).

– “Señores, ahora toca trabajo, trabajo y más trabajo. En unos días pondremos en el grupo el día del primer ensayo y todo el mundo con ganas de darle caña”.

– Estas fueron las palabras finales que todo el mundo deseaba escuchar y las que ponían el broche final a un día que empezó siendo una condena a los sentimientos, y ha terminado con una plegaria al tiempo, para que nos dé el suficiente, con el fin de montar todo lo que las cabezas empiezan a elucubrar.

Media vuelta nos dimos, charlando hacia la puerta  sobre lo presentado (que tuvo que hacerse un bis por petición “popular”), recogimos bártulos, apagamos la luz  y cerramos la cochera que ya empezábamos a llamar, desde ese mismo instante, nuestro local de ensayo.

cochera

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2 comments

  1. jose manuel borrego

    Estas relatando la historia de una comparsa ( cosa que no es muy comun encontrar y que a todo carnavalero les gusta saber) en los articulos que estas publicando.
    Aun no he terminado de leer uno cuando estoy esperando el siguiente.
    Deseando estoy de leer el articulo del componente.

    Esperemos que no se haga de rogar.

    Saludos y vamos a por el siguiente.

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