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SUPERA EL COBARDE AL INVENCIBLE EN ESTA DROGA CON CAMELLOS… TRANQUILOS, UN FALLO LO TIENE CUALQUIERA

Lleno en las entradas, colas para gallinero, cánticos de alegría… Congelado el corazón por un momento pues, ¿Es esto una final? Podría serlo pero no, tranquilos, aún nos queda mucho concurso.

Fuente: La VozDigital
Fuente: La VozDigital

Se respiraba ambiente festivo en este viernes 15 pintado de rojo en el corazón de todos los carnavaleros desde hacía ya unos meses.
Comenzaba la noche con ese merecido homenaje al padre de la comparsa. 40 años se cumplían de la marcha de Paco Alba y el Falla lo celebraba como mejor sabe: a golpe de coplas. La antología sonaba y el respetable se calentaba… Y es que este universo misterioso tiene a veces unos caprichos… Vaya día, vaya aniversario, vaya preludio de lo que acontecería… “Ay vaporcito del Puerto, tú eres la alegría…”

Giro de 360 grados con respecto al año pasado el del coro de Lucía Pardo, Welcome to cabaret! encargado de abrir la sesión. Si recatadas y con hábitos se presentaban el pasado carnaval, este año han decidido soltarse la melena para con un toque pícaro y burlón, invitarnos a su cabaret. Coreografiado coro en el que no ha faltado la musicalidad más canalla, tanto en presentación como en popurrí, con el saxo como protagonista, evocando esas salas de espectáculos, como si del mismísimo Moulin Rouge se tratase.
Destacables los tangos defendiendo su terreno. Su padre y el coro, el coro y su padre, a mi parecer, por igual en ambas coplas. Legítimo por otra parte.

Y llegó, y cantó, y emocionó y nos dejó a todos con el miedo de que esto no fuese real o aún peor: que no volviese a repetirse por más años… Los Cobardes
“Un viento de 13 años me ha soplado en la carita, un hombre cobarde, cobarde, no conquista a una mujer bonita”. Y así volvía. Don Antonio Martínez Ares embrujaba de nuevo las tablas del Falla. Confieso que no eran solo nervios los que como yo, seguro que cientos de aficionados sentían antes de empezar. Pues era mucho más. Era la nostalgia, eran los recuerdos y sobretodo los sentimientos que nos regaló y de pronto desvaneció hacía ya 13 años… ¿Lo resistiríamos? Pues sí, lo hicimos. Pero porque el regalo compensó la ausencia.

Pasodoble obligado el primero. Explicación y perdón al respetable, a su pueblo, a su tierra. Obligado que no significa fácil, aunque él así lo haga. Y una vez “cumplido”… Ha vuelto, y si lo ha hecho no es para dorar píldoras, que con quien se ha tenido que disculpar ya lo ha hecho y aquí no ha cambiado nada. De locos el segundo. Valiente, directo, tronador… Ay Patronato!! Que pellizco Antonio.

“No sé si soy el que era, el tiempo ya lo dirá”. Pues yo te digo, porque mi duda es otra. No sé si ha vuelto el niño o realmente nunca se fue. Renovado en voces y en espíritu seguramente, pero eres tú. Reconocido, reconocible. Sin escudo, con bandera. Voz en alto, que falta nos hacía.
Y por si fuese poco: el popurrí. Grandioso, sin más, sin menos. Para analizar y envolverse en él cual bucle. No puedo comentar más, no tengo esa capacidad. Solo una cosa: “Cádiz tenemos toda la eternidad”. Declaración de intenciones, no pido más. “¿Miedo? ¿Quién dijo miedo?”

Y tras esta vorágine de sentimientos, el Selu se presentaba con su chirigota: Si me pongo pesao me lo dices. Reconocible personaje el de este tipo. Ese vecino, amigo, compañero que todos tenemos. Que te come la oreja, se aprovecha y encima te hunde. Con distinto nombre, pero todos tenemos uno. Repertorio muy al tipo, con esa gracia que no es de Cádiz, es del Selu, porque sabe a él. Colgado del hombro de Juan, el fiel sufridor, se sucedieron pasodobles de carcajada. Que sí, que todavía existen. Cuplés de gran categoría y estribillo pegadizo con el que se ganó al público en segunda ronda. “…No te vaya a coger a ti que dicen que es muy pesao… pero pesao, pesao, pesao”. El público en pie al grito de ¡Chirigota, chirigota!

Y antes de ir al descanso, otra vuelta; la de Don Antonio Martín con Los Invencibles. Que para invencible su autor, que parece librar una lucha a través de sus letras.
Por un lado, para que se pare el tiempo, que este niño de San Vicente ya se ha hecho mayor pero no ha terminado, que aún le queda carrete. Por otro lado, viene a  mostrar que en esto no es nuevo y aquí están sus credenciales.
Y con esta tónica, entre miedo y rebeldía, se sucede la actuación. Grandioso pasodoble el primero a Martínez Ares, que si bien vuelven como amigos, la lucha será reñida: “Y aunque ahora somos amigos, no te confíes chaval y oye bien lo que te digo, con una mujer por medio, de todo puede pasar”.
Suena a Martín. Al de siempre, el inconfundible maestro. Y como tal, pone de colofón una joya de popurrí. Una pieza que debiera ser guardada bajo llave por todos esos autores a los que hace referencia. Pues si bien va con advertencia, no deja de ser un regalo desde la experiencia.

Con aires del estrecho llegaba la tercera comparsa de la noche: El asesino de comparsistas. Desde un prisma de aficionado y aspirante, viene a sacar a relucir las traiciones del carnaval. La parte más oscura de la fiesta. El veneno menos saludable que sobrepasa a la pasión. Y así se presentaban. Buena tanda de pasodobles, de seña gaditana y reivindicación política. Aplaudidos también la tanda de cuplés, con reconocidos de la fiesta como protagonistas. Quizás un toque a la afinación, pero mas que aceptable actuación, dado el plantel de la noche.

En sexto lugar, se presentaba el único cuarteto de la jornada, Me tienen  que matar. No era la noche para un cuarteto. No después de lo que habíamos vivido. Lo intentaron, pero el murmullo de la gente hizo que se incrementase el ya lógico nerviosismo, dejando una función deslucida. Aun así, siempre es de alagar la valentía de la modalidad, que esta noche además, se encontraba frente a duros competidores.

La gracia volvió a intentarlo con la actuación de la chirigota de Cádiz Ofú que polvorón, que corrió algo más de suerte. Una fábrica de polvorones que se desplegaba en el Falla para con un son muy chirigotero, tocar la gracia del respetable. Lo tenían difícil, pues le antecedía una grande y eso pesa. Pero lejos de amedrentarse, disfrutaron y así lo trasmitieron. Reseñable especialmente el popurrí, muy bien traído al tipo.

Pero la noche aún nos tenía guardadas dos regalos en forma de comparsa.

Un fallo lo tiene cualquiera. Los niños de Ivan Romero, volvían representando el difícil papel del jurado. Difícil e interesado, y así lo hicieron ver. Esta comparsa, que ya dejara el listón muy alto el año pasado, se presenta siguiendo la estela sembrada. Muchos dirán que suena igual y que es lo mismo. Yo digo que vienen ellos mismo, que no es igual. Vienen reconocibles, con una nueva historia pero sin perder el hilo. Esto es crear marca y abrir su propia vía. ¡Lo he dicho! ¡Ellos mismos! (que no es igual).
Además, vuelven cargados de verdad, siguiendo su lucha contra la hipocresía y las dificultades de este concurso. Se merecen más, pero está en manos del jurado y si no pasan: “será casualidad”, pues “Un fallo lo tiene cualquiera”.

Y como colofón a este intenso día llegaban Los Camellos. La que fuese comparsa de Bustelo el pasado COAC, volvía de la mano de un chirigotero de alma comparsista, Kike Remolino.
De punta en blanco aparecían estos traficantes rodeados en un aura canalla, con muestras de chirigota. Y sin perder esa picaresca, fue entrelazándose con la fuerza, el pellizquito y la pasión, una mezcla que sin duda es este autor quien sabe llevar a su punto exacto de emulsión. Que no tiene pelos en la lengua, que de risas es creador pero, ¿Hay quien le cante mejor a los sentimientos?
Y desde lo más profundo del alma el primer pasodoble. A su grupo, su chirigota, poniéndose a los mandos. Que quizás se la debía, pero no tenía obligación. El segundo desgarrador, a ver si cogen onda quien debe tomar riendas de este país. Sin duda, momento cumbre de la actuación. Tampoco falló en los cuplés.
Y en el popurrí, estos traficantes presentaban las drogas más dañinas: Política, música, carnaval… de la que el mismo autor confesaba sus ataduras: “Ay tacita que me has dao, que va llegando febrero y aquí me tienes enganchao”.
Seguiremos disfrutándola, aunque quédense con el popurrí que cambiará y remolineará en cada pase.

Y hasta aquí este diario de a bordo de una sesión, que quedará a buen seguro grabado en la memoria de todos los carnavaleros de corazón.

 

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